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EL CORAZÓN
NO CONOCE FRONTERAS
La gente se mueve por todo el mundo, buscando una vida mejor en un
país nuevo. Numerosas razones les impelen, desde la guerra,
la violencia colectiva y la represión política al
hambre, el fracaso de los sistemas sociales y la pobreza. A lo
largo de la historia, las migraciones de población han
cruzado la faz de la Tierra con sus flujos y reflujos. Pero ahora,
en la era del estado nación, unas barreras significativas
-las fronteras nacionales- se interponen en el camino de tales
movimientos, y existen indicaciones de que estas barreras están
creciendo.
La existencia de fronteras nacionales plantea preguntas profundas:
preguntas respecto a la identidad y cultura nacional; la distribución
actual del dinero y el poder en el mundo; y los efectos turbulentos
de la globalización. Este último fenómeno
envía dinero, productos e ideas girando por el mundo a
velocidad vertiginosa. Sin embargo el control final sobre estos
movimientos se mantiene, en su mayor medida, obstinadamente arraigado
en un pequeño número de naciones, y en las manos
de un pequeño grupo dentro de estas naciones. Y cuando
la gente intenta unirse a está moción, descubren
que, excepto para unos pocos individuos selectos, muchas fronteras
nacionales son más o menos impenetrables. ¿Por qué guardan los países tan celosamente la
admisión a sus sociedades? Existen dos razones principales.
La primera es económica, puesto que a los gobiernos les
preocupa que los inmigrantes y refugiados absorban más
dinero del que contribuyen. La segunda es cultural, cuando el
miedo y la desconfianza hacia el otro, profundamente arraigados,
emergen en forma de preocupación respecto a la posibilidad
de que la cultura nacional se "diluya". Pero ambas preocupaciones
podrían verse bajo una luz positiva. Cierto número
de estudios sugiere que los inmigrantes no actúan como
un drenaje en la economía. Y frecuentemente las culturas
resultan enriquecidas por la interpolinización, como demuestran
los campos de la música pop y del cine. Existe una tercera
razón, que ha cobrado una prominencia añadida desde
el 11 de septiembre de 2001: la seguridad. Pero mientras que aumentar
la diligencia con la que se conducen comprobaciones legítimas
respecto a la identidad y el propósito de entrada no es
más que sentido común, sería peligroso extender
esto a políticas que restrinjan significativamente los
derechos humanos y las libertades de quienes buscan entrar en
un país o de los que son ya ciudadanos de éste.
La democracia depende de hallar un equilibrio entre la libertad
individual y la seguridad colectiva, y cuando este equilibrio
vira demasiado en una dirección, tanto los individuos como
la sociedad sufren.
Lo que está faltando ahora en esta situación es una
voluntad generosa de compartir las riquezas de la Tierra, que
es nuestra herencia común, y la actitud de buena voluntad
hacia todo, que reconoce nuestra humanidad común. Si la
generosidad y la buena voluntad fuesen las notas clave de la sociedad
global, entonces el "problema" de la migración
desaparecería. Puesto que una distribución más
equitativa de la riqueza entre las naciones haría menos
probable que la gente desease abandonar su país de origen;
y un programa acogedor y cuidadosamente pensado de integración
de los inmigrantes en las sociedades desarmaría los malentendidos.
Esto no quiere decir que tales procesos de redistribución
e integración serían fáciles de lograr -el
pensamiento y la emoción humanos todavía están
fuertemente condicionados por el separatismo y el egoísmo.
Pero es indudable que merecería la pena realizar todos
los esfuerzos de inteligencia e imaginación necesarios.
Imagínese el gran florecimiento de creatividad humana que tendría
lugar cuando cada país tuviera suficientes medios como
para proporcionar a sus ciudadanos una educación y unos
servicios sanitarios buenos, y cuando la gente de todas las culturas
fuesen bienvenidas como contribuyentes a la construcción
de una sociedad armónica. El desafío digno de los
corazones y mentes de la humanidad no es diseñar políticas
más listas y más egoístamente exclusivas
para determinar a quién se recompensa con el "escaso"
bien de una ciudadanía, sino expandir nuestra visión
de la naturaleza de las naciones, como órganos diferenciados
de la consciencia de la humanidad, cada una de ellas contribuyendo
su regalo único y complementario a la totalidad. Una visión
así indica que la transfusión de otras influencias
culturales a la consciencia de una nación no diluye, sino
que más bien enriquece, tanto a través de un creciente
entendimiento mutuo entre naciones, como porque abre la posibilidad
de combinaciones de ideas nuevas e inesperadas. Verdaderamente,
el corazón y la mente humanos no conocen fronteras, y cuando
podamos reconocerlo y vivir consecuentemente con ello, entonces
empezará la era de las correctas relaciones humanas entre
pueblos y naciones.
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