Boletin de Buena Voluntad Mundial- 2003 No 1
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Buena Voluntad Mundial Boletin 2003 No. 2

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EL CORAZÓN NO CONOCE FRONTERAS

La gente se mueve por todo el mundo, buscando una vida mejor en un país nuevo. Numerosas razones les impelen, desde la guerra, la violencia colectiva y la represión política al hambre, el fracaso de los sistemas sociales y la pobreza. A lo largo de la historia, las migraciones de población han cruzado la faz de la Tierra con sus flujos y reflujos. Pero ahora, en la era del estado nación, unas barreras significativas -las fronteras nacionales- se interponen en el camino de tales movimientos, y existen indicaciones de que estas barreras están creciendo.

La existencia de fronteras nacionales plantea preguntas profundas: preguntas respecto a la identidad y cultura nacional; la distribución actual del dinero y el poder en el mundo; y los efectos turbulentos de la globalización. Este último fenómeno envía dinero, productos e ideas girando por el mundo a velocidad vertiginosa. Sin embargo el control final sobre estos movimientos se mantiene, en su mayor medida, obstinadamente arraigado en un pequeño número de naciones, y en las manos de un pequeño grupo dentro de estas naciones. Y cuando la gente intenta unirse a está moción, descubren que, excepto para unos pocos individuos selectos, muchas fronteras nacionales son más o menos impenetrables.

¿Por qué guardan los países tan celosamente la admisión a sus sociedades? Existen dos razones principales. La primera es económica, puesto que a los gobiernos les preocupa que los inmigrantes y refugiados absorban más dinero del que contribuyen. La segunda es cultural, cuando el miedo y la desconfianza hacia el otro, profundamente arraigados, emergen en forma de preocupación respecto a la posibilidad de que la cultura nacional se "diluya". Pero ambas preocupaciones podrían verse bajo una luz positiva. Cierto número de estudios sugiere que los inmigrantes no actúan como un drenaje en la economía. Y frecuentemente las culturas resultan enriquecidas por la interpolinización, como demuestran los campos de la música pop y del cine. Existe una tercera razón, que ha cobrado una prominencia añadida desde el 11 de septiembre de 2001: la seguridad. Pero mientras que aumentar la diligencia con la que se conducen comprobaciones legítimas respecto a la identidad y el propósito de entrada no es más que sentido común, sería peligroso extender esto a políticas que restrinjan significativamente los derechos humanos y las libertades de quienes buscan entrar en un país o de los que son ya ciudadanos de éste. La democracia depende de hallar un equilibrio entre la libertad individual y la seguridad colectiva, y cuando este equilibrio vira demasiado en una dirección, tanto los individuos como la sociedad sufren.

Lo que está faltando ahora en esta situación es una voluntad generosa de compartir las riquezas de la Tierra, que es nuestra herencia común, y la actitud de buena voluntad hacia todo, que reconoce nuestra humanidad común. Si la generosidad y la buena voluntad fuesen las notas clave de la sociedad global, entonces el "problema" de la migración desaparecería. Puesto que una distribución más equitativa de la riqueza entre las naciones haría menos probable que la gente desease abandonar su país de origen; y un programa acogedor y cuidadosamente pensado de integración de los inmigrantes en las sociedades desarmaría los malentendidos. Esto no quiere decir que tales procesos de redistribución e integración serían fáciles de lograr -el pensamiento y la emoción humanos todavía están fuertemente condicionados por el separatismo y el egoísmo. Pero es indudable que merecería la pena realizar todos los esfuerzos de inteligencia e imaginación necesarios.

Imagínese el gran florecimiento de creatividad humana que tendría lugar cuando cada país tuviera suficientes medios como para proporcionar a sus ciudadanos una educación y unos servicios sanitarios buenos, y cuando la gente de todas las culturas fuesen bienvenidas como contribuyentes a la construcción de una sociedad armónica. El desafío digno de los corazones y mentes de la humanidad no es diseñar políticas más listas y más egoístamente exclusivas para determinar a quién se recompensa con el "escaso" bien de una ciudadanía, sino expandir nuestra visión de la naturaleza de las naciones, como órganos diferenciados de la consciencia de la humanidad, cada una de ellas contribuyendo su regalo único y complementario a la totalidad. Una visión así indica que la transfusión de otras influencias culturales a la consciencia de una nación no diluye, sino que más bien enriquece, tanto a través de un creciente entendimiento mutuo entre naciones, como porque abre la posibilidad de combinaciones de ideas nuevas e inesperadas. Verdaderamente, el corazón y la mente humanos no conocen fronteras, y cuando podamos reconocerlo y vivir consecuentemente con ello, entonces empezará la era de las correctas relaciones humanas entre pueblos y naciones.


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