Boletín de Buena Voluntad Mundial. Nº 3 - 2004


 


JUSTICIA Y PIEDAD

Se ha dicho que no sólo debe hacerse Justicia, sino también velar porque se haga –y esto parece especialmente relevante en nuestro mundo moderno, con sus comunicaciones instantáneas y con la cobertura global de los medios de comunicación. Lo que se ve a través de los ojos del observador es la forma externa de la Justicia, pero bajo la superficie reside el principio profundamente subjetivo de verdadera Justicia. Este principio, o realidad, es de una importancia fundamental para la comunidad entera, no sólo para el poder judicial, los legisladores y los agentes del cumplimiento de la ley, sino también para las víctimas del crimen y quienes están relacionados con ellas, los testigos del crimen, así como los supuestos perpetradores de actos criminales. Indudablemente la madurez de la sociedad puede medirse por la calidad de su sistema judicial, porque el crimen no sólo es una ofensa contra la víctima individual, sino que también es una ofensa contra toda la comunidad, porque cada individuo es parte del todo mayor. El bien de la totalidad, o el bien común, queda, por tanto, servido por la percepción del principio que reside tras el sistema judicial, que a su vez asegurará que la Justicia no sea considerada como un mero mecanismo para el castigo o la retribución.

Lograr un equilibrio correcto en los platillos de la balanza de la justicia depende de la integridad e incorruptibilidad de todos los implicados en el sistema judicial, sean legisladores, policías o leguleyos. “La Justicia cuando, se personifica, suele representarse como una diosa (la Justitia romana) sujetando una espada o una balanza, frecuentemente ambos. Sus ojos están a veces cegados o cerrados como símbolo de imparcialidad” (Diccionario Internacional Webster’s). Cuando la balanza se inclina demasiado a un lado u otro con, por ejemplo, castigos draconianos o con una tolerancia excesiva, con corrupción, o con un trabajo de investigación inadecuado, la integridad sufre. Curiosamente, el origen de la palabra integridad está en la palabra latina integer: completo o entero, intacto, una entidad completa. Un nivel de integridad bajo en el proceso judicial conduce a una sociedad desintegrada e incompleta.

Nuestro entendimiento de la justicia, como de la verdad, no se mantiene fijo en el tiempo –se desarrolla y crece en línea con la expansión de la consciencia humana. A medida que las mentes humanas se abren y se vuelven receptivas a dimensiones superiores de la verdad, esas mentes se vuelven más iluminadas. Entonces llega la comprensión de que ninguna expresión de la verdad es la verdad completa. Podemos ver cómo la verdad, en sus diversos aspectos, se refleja en la forma que ha desarrollado la Justicia a lo largo de civilizaciones –de ser simplemente un medio de castigo para los delitos hasta llegar a los tiempos actuales en los que existe apoyo y asesoramiento para las víctimas, así como educación y rehabilitación para los delincuentes como preparación para una eventual reintegración en la sociedad.

Es interesante considerar que la Justicia atañe a una cualidad bastante anticuada –la rectitud, que se ha definido como actuar de acuerdo con la ley moral o divina. Por esta razón, “la ley debe llegar a ser custodio de una rectitud positiva y no un simple instrumento para su aplicación”(1). Así, en el artículo “El Prisionero” del boletín anterior, se sugería que necesitamos considerar enfoques alternativos y más creativos, apoyados por la evidencia, que ayudarán a fortalecer el sistema judicial penal, apoyando de esta forma los valores de la sociedad. El crimen, al ser el efecto externo del egoísmo humano (en diversos grados), sólo puede resolverse a largo plazo con éxito con un sistema judicial que reconozca la importancia de cultivar esos atributos y condiciones que evocarán un sentido de responsabilidad en sus ciudadanos. Un ejemplo actual de cómo los legisladores intentan fomentar un enfoque más razonado y responsable en la relación padres-hijos, es la legislación que prohíbe abofetear, que ha entrado en vigor en determinados países europeos, y que se está debatiendo actualmente en Gran Bretaña.

El principio de piedad como “una bendición que es un acto de favor o compasión divinos” (Encyclopaedia Britannica CD-ROM 2002) también merece ser considerado en una sociedad justa. Tanto la rectitud como la piedad dirigen nuestra atención al origen divino de nuestros principios más elevados. Los pensamientos o los actos piadosos están motivados por ese aspecto superior de la consciencia humana descrito en algunas tradiciones como el Alma. Es más, la Piedad es un principio complementario al de Justicia. La ausencia de piedad nos desconecta de los otros y de la totalidad, que entonces deja de funcionar eficientemente. La piedad también está relacionada con la compasión, que ha sido descrita por el Dalai Lama como “...el amor más amplio que se puede tener incluso por alguien que te haya dañado; tu enemigo”. En un mundo verdaderamente integrado, ambos principios de Justicia y Piedad son esenciales, porque entonces somos igualmente sensibles al sufrimiento de la víctima y del perpetrador, y podemos juzgar correctamente cómo volver a equilibrar la situación de manera que ambos vuelvan otra vez a sentirse parte de la sociedad.


1. Alice Bailey, Astrología Esotérica, p. 182. Editorial Fundación Lucis.


BUENA VOLUNTAD ES… la inclinación a juzgar piadosamente.

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