JUSTICIA Y PIEDAD
Se
ha dicho que no sólo debe hacerse Justicia, sino también
velar porque se haga –y esto parece especialmente relevante
en nuestro mundo moderno, con sus comunicaciones instantáneas
y con la cobertura global de los medios de comunicación.
Lo que se ve a través de los ojos del observador es la
forma externa de la Justicia, pero bajo la superficie reside el
principio profundamente subjetivo de verdadera Justicia. Este
principio, o realidad, es de una importancia fundamental para
la comunidad entera, no sólo para el poder judicial, los
legisladores y los agentes del cumplimiento de la ley, sino también
para las víctimas del crimen y quienes están relacionados
con ellas, los testigos del crimen, así como los supuestos
perpetradores de actos criminales. Indudablemente la madurez de
la sociedad puede medirse por la calidad de su sistema judicial,
porque el crimen no sólo es una ofensa contra la víctima
individual, sino que también es una ofensa contra toda
la comunidad, porque cada individuo es parte del todo mayor. El
bien de la totalidad, o el bien común, queda, por tanto,
servido por la percepción del principio que reside tras
el sistema judicial, que a su vez asegurará que la Justicia
no sea considerada como un mero mecanismo para el castigo o la
retribución.
Lograr un equilibrio correcto en los platillos
de la balanza de la justicia depende de la integridad e incorruptibilidad
de todos los implicados en el sistema judicial, sean legisladores,
policías o leguleyos. “La Justicia cuando, se personifica,
suele representarse como una diosa (la Justitia romana) sujetando
una espada o una balanza, frecuentemente ambos. Sus ojos están
a veces cegados o cerrados como símbolo de imparcialidad”
(Diccionario Internacional Webster’s). Cuando la balanza
se inclina demasiado a un lado u otro con, por ejemplo, castigos
draconianos o con una tolerancia excesiva, con corrupción,
o con un trabajo de investigación inadecuado, la integridad
sufre. Curiosamente, el origen de la palabra integridad está
en la palabra latina integer: completo o entero, intacto, una
entidad completa. Un nivel de integridad bajo en el proceso judicial
conduce a una sociedad desintegrada e incompleta.
Nuestro entendimiento de la justicia, como
de la verdad, no se mantiene fijo en el tiempo –se desarrolla
y crece en línea con la expansión de la consciencia
humana. A medida que las mentes humanas se abren y se vuelven
receptivas a dimensiones superiores de la verdad, esas mentes
se vuelven más iluminadas. Entonces llega la comprensión
de que ninguna expresión de la verdad es la verdad completa.
Podemos ver cómo la verdad, en sus diversos aspectos, se
refleja en la forma que ha desarrollado la Justicia a lo largo
de civilizaciones –de ser simplemente un medio de castigo
para los delitos hasta llegar a los tiempos actuales en los que
existe apoyo y asesoramiento para las víctimas, así
como educación y rehabilitación para los delincuentes
como preparación para una eventual reintegración
en la sociedad.
Es interesante considerar que la Justicia atañe
a una cualidad bastante anticuada –la rectitud, que se ha
definido como actuar de acuerdo con la ley moral o divina. Por
esta razón, “la ley debe llegar a ser custodio de
una rectitud positiva y no un simple instrumento para su aplicación”(1).
Así, en el artículo “El Prisionero”
del boletín anterior, se sugería que necesitamos
considerar enfoques alternativos y más creativos, apoyados
por la evidencia, que ayudarán a fortalecer el sistema
judicial penal, apoyando de esta forma los valores de la sociedad.
El crimen, al ser el efecto externo del egoísmo humano
(en diversos grados), sólo puede resolverse a largo plazo
con éxito con un sistema judicial que reconozca la importancia
de cultivar esos atributos y condiciones que evocarán un
sentido de responsabilidad en sus ciudadanos. Un ejemplo actual
de cómo los legisladores intentan fomentar un enfoque más
razonado y responsable en la relación padres-hijos, es
la legislación que prohíbe abofetear, que ha entrado
en vigor en determinados países europeos, y que se está
debatiendo actualmente en Gran Bretaña.
El principio de piedad como “una bendición
que es un acto de favor o compasión divinos” (Encyclopaedia
Britannica CD-ROM 2002) también merece ser considerado
en una sociedad justa. Tanto la rectitud como la piedad dirigen
nuestra atención al origen divino de nuestros principios
más elevados. Los pensamientos o los actos piadosos están
motivados por ese aspecto superior de la consciencia humana descrito
en algunas tradiciones como el Alma. Es más, la Piedad
es un principio complementario al de Justicia. La ausencia de
piedad nos desconecta de los otros y de la totalidad, que entonces
deja de funcionar eficientemente. La piedad también está
relacionada con la compasión, que ha sido descrita por
el Dalai Lama como “...el amor más amplio que se
puede tener incluso por alguien que te haya dañado; tu
enemigo”. En un mundo verdaderamente integrado, ambos principios
de Justicia y Piedad son esenciales, porque entonces somos igualmente
sensibles al sufrimiento de la víctima y del perpetrador,
y podemos juzgar correctamente cómo volver a equilibrar
la situación de manera que ambos vuelvan otra vez a sentirse
parte de la sociedad.
1. Alice Bailey, Astrología Esotérica,
p. 182. Editorial Fundación Lucis.
BUENA VOLUNTAD ES…
la inclinación a juzgar piadosamente.
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