DE
PRAGMÁTICA A VISIONARIA
Cuando
se examina el material disponible sobre el tema de la reforma
de la ONU, no se tarda mucho en percibir las profundas divisiones
existentes entre partidarios y detractores de esta institución.
El Secretario General habrá sido plenamente consciente
de estas tensiones a medida que trabajaba para diseñar
las reformas, pensadas para incorporar esta institución
al siglo XXI.
Existe una gran desconfianza respecto a la
ONU, y mucha condena de sus actividades. Pero, igualmente, existe
un enorme apoyo a su existencia y a una ampliación de su
alcance y autoridad. La desconfianza parece surgir de la creencia
de que la ONU desea interferir en los asuntos legítimos
de los gobiernos nacionales y está decidida a imponer una
forma homogénea de gobierno mundial. Por tanto, la oposición
a la noción misma de un organismo de la ONU reside en la
percepción de una lucha por el poder, la identidad nacional
y la independencia. En el extremo opuesto de esta perspectiva
se encuentran quienes sustentan unas expectativas muy poco realistas
de que la ONU puede, y debe, resolver todos los problemas de la
humanidad. Parecería que junto con todas las reformas propuestas
por el Secretario General que serán debatidas en la conferencia
de septiembre, también sería necesario realizar
un esfuerzo concertado por reeducar a las masas en general y a
sus líderes acerca de los orígenes y propósito
de la ONU, para que los temores infundados sobre sus móviles
y las expectativas igualmente infundadas sobre su potencial de
servir a todas nuestras necesidades, puedan disiparse. La mayoría
de la gente, e incluso muchos delegados de la ONU, poseen un conocimiento
limitado, o una noción distorsionada, de los elementos
básicos que dieron forma a la estructura de la organización
en San Francisco, y semejante ignorancia complica los intentos
genuinos y realistas por reformar la ONU hoy.
La ONU nació, no tanto de un espíritu
de amistad y buena voluntad, como del deseo de resolver antiguas
cuitas y disputas sobre la demarcación de fronteras tras
un largo y amargo conflicto. Cada delegación nacional presente
acarreaba su propio bagaje histórico, y fue necesaria mucha
negociación dura para conducir a este grupo dispar a alguna
forma de consenso. El anteproyecto de la ONU se basó en
la realidad de los tiempos, y jamás fue ingenuo respecto
al poder de algunas naciones para influir en su operatividad.
Este enfoque pragmático da su mejor ejemplo en la cuestión
del Consejo de Seguridad, con sus cinco miembros permanentes con
poder de veto. Este es, quizá, el tema más contencioso
para quienes sustentan una visión más idealista
de cómo debería trabajar un organismo global cooperando
para el bien común. Y quizá en algún momento
del futuro esto se haga realidad, pero en 1945, semejante concesión
a los grandes poderes era esencial e inevitable para que pudiera
darse algún tipo de cooperación y participación.
Sin esa participación, por muy imperfecta y basada en el
egoísmo que fuese, la ONU no habría podido sobrevivir
y crecer. La situación hoy es prácticamente igual.
Quizá el mayor error de concepto respecto
a la ONU reside en el área de su capacidad de actuar. No
posee autoridad para hacer cumplir sus decisiones más allá
de la voluntad de sus miembros de llevarlas a cabo, por lo tanto,
la Asamblea General sólo puede ofrecer recomendaciones
a la comunidad mundial. La aceptación obligatoria de las
decisiones de la ONU por parte de todas las naciones infringiría
la soberanía nacional de tal forma que ningún país
lo contemplaría. Y, aunque las decisiones del Consejo de
Seguridad no requieran la conformidad de todas las naciones miembros,
el Consejo no tiene medios independientes para hacer que se cumpla
su voluntad (tal como evidenciaron sus numerosas resoluciones
concernientes al armamento en Irak). Las naciones firman Convenciones
que probablemente, en ese momento, pretenden implementar, pero
pueden dejarlas de lado cuando no encajan con sus propósitos;
mientras que el Consejo de Seguridad no puede, por sí mismo,
evitar un estallido de hostilidades en ninguna parte del mundo.
Es en estas áreas, altamente visibles, donde se observa
que la ONU ha perdido la confianza tanto de los gobiernos como
de los ciudadanos comunes. Aunque muchas personas sean conscientes
de y puede que, de hecho, apoyen todo el buen trabajo que realiza
la ONU, esto deja de apreciarse cuando se percibe una amenaza
a la libertad y seguridad nacional e individual, y la respuesta
global no surge prontamente.
Naturalmente, la verdadera responsabilidad
reside en los gobiernos nacionales de los miembros de la ONU,
pero es fácil desviar la culpa y la responsabilidad a la
ONU si la gente está mal informada sobre cómo opera
la organización, y sobre sus limitaciones. Precisamente
estas limitaciones se imponen porque la gente valora, y siente
que debe proteger, sus libertades individuales, su cultura y su
nacionalidad contra una mal percibida visión de gobierno
globalizado. Aunque la ONU siempre se concibió como un
foro de gobiernos nacionales, su verdadera efectividad y autoridad
deben provenir del apoyo de los ciudadanos representados por los
delegados nacionales. Es a este nivel de base donde podemos concentrar
gran parte de nuestra atención, para que los corazones
y mentes de hombres y mujeres sean inspirados por la posibilidad
de una organización verdaderamente global que trabaje por
el bien común, sin temores ni favoritismos.
Si bien es innegable que el apoyo a la ONU
es "extenso y superficial", está claro que una
campaña educativa es vital para que la ONU desempeñe
su papel como organismo que mantiene una visión para nuestro
futuro basada en la autoridad de principios espirituales. El papel
de la ONU es guiar con su ejemplo y establecer los estándares
morales para un buen gobierno y unas correctas relaciones humanas.
Pero nunca podrá ser todo para todo el mundo. Hablando
al principio de su investidura en 1997, el Secretario General
dijo que “La reforma debe arrancar de un nuevo consenso
entre los gobiernos acerca de qué es lo que la ONU hace
mejor, qué debería hacer con los demás, y
qué debería dejar hacer a los demás”.
En este contexto, las reformas propuestas por Kofi Annan están
pensadas para mover la ética de la ONU de una mentalidad
post-guerra mundial/guerra fría a la de una organización
que represente las correctas relaciones humanas que, a su vez,
se expresarán a través de cada nación persiguiendo
su propia identidad cultural y responsabilizándose de integrar
esa identidad en la realidad de la Humanidad Una.
Para citar al Secretario General en su más
reciente informe sobre la reforma, En una libertad mayor,
"De unos inicios pragmáticos podría emerger
un cambio visionario de dirección en nuestro mundo".
Comentario de Buena Voluntad Mundial: Naciones
Unidas: El desafío de la humanidad. A medida que nos
acercamos al sesenta aniversario de Naciones Unidas, merece la
pena reflexionar sobre la necesidad vital de este foro mundial.
Surgiendo de las cenizas de las Guerras Mundiales, es un lugar
de encuentro universal que llama a compartir la responsabilidad
por el estado del mundo. Está inspirado por el alma de
la humanidad para expresar el servicio mundial en una enorme variedad
de empresas creativas. Y es un lugar donde la energía de
la buena voluntad puede construir relaciones correctas, conduciendo
al surgimiento de una verdadera paz. Todo el sistema de Naciones
Unidas tiene el potencial de actuar más plenamente como
un órgano para dispersar el poder y riqueza de las naciones
más ricas a naciones en las que es necesario mejorar la
calidad de vida. Nos corresponde a "Nosotros los pueblos",
apoyar a la ONU en su evolución hacia su elevado destino.
Para obtener copias de Naciones Unidas:
El desafío de la humanidad, le agradeceremos utilice
el impreso adjunto.
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