Alice A. Bailey (1880-1949):
Partiendo de un pasado Británico conservador, la vida condujo
a Alice Bailey por muchos caminos, pero siempre en una dirección:
el momento en que, a través de drásticas experiencias
personales, logró la síntesis de apreciación
y entendimiento, y una absoluta convicción de que una única
vida divina compenetra y anima a la humanidad una; de que el Plan
para la humanidad requiere de la colaboración y el servicio
de seres humanos entrenados y dedicados, inteligentemente informados
de los asuntos del mundo, en colaboración con aquellos
que forman la Jerarquía espiritual, el gobierno interno
del planeta. El trabajo de su vida llegó a ser parte integral
de esta síntesis y de este entendimiento. Sin perder en
lo más mínimo sus cualidades y compromisos muy humanos,
su alma asumió el compromiso con su Maestro, y su personalidad
suministró la cooperación total en el campo del
servicio aceptado.
Básicamente su trabajo se desarrolló como una dualidad:
su servicio de discipulado, que incluyó la fundación
de una escuela esotérica; y su acuerdo, al cual fue reluctante
en un principio, de trabajar con el Tibetano, Djwhal Khul, en
la escritura de una serie de libros que presentarían la
etapa siguiente en la continuidad de la enseñanza de la
Sabiduría Peremne destinada al presente y futuro inmediato.
Alice Bailey, algo reticente, aceptó emprender su propia
autobiografía, hacia el final de su vida. Lo que la hizo
decidir finalmente a escribir sobre su vida fue la carta de un
amigo que, según nos dice, sentía que "podía
prestar un gran servicio si explicaba a la gente cómo había
llegado a lo que soy, siendo de utilidad saber de qué manera
una activa y rabiosa cristiana ortodoxa llegó a convertirse
en una muy conocida instructora esotérica."
|